Piedras, ladrillos, arena y palos esparramados por el patio me hacen
recordar mis años de infancia, allá a principios del 2000, cuando las casas del
barrio aún estaban construyéndose, cuando las calles eran de tierra y, en el
fútbol callejero, nos decomisaban la pelota si golpeaba por accidente un
garaje, quebraba un vidrio o simplemente quedaba atrapada en el techo de alguna
casa. Eran tiempos de encuentros con los amigos del barrio, donde no importaba
si uno era bueno para jugar o no, sino el simple hecho del encuentro, el
saberse parte del barrio.
En esas salidas nunca estaba solo, éramos dos, mi hermano Jaime y yo.
Pobre mi madre que tuvo que aguantar sus dolores de
cabeza con tantos hermanos traviesos en la familia. Pero mi infancia no habría
sido la misma si en casa no hubiéramos sido tantos, sobre todo si no hubiera
contado con jaimico, mi hermano menor, con quien sentía un deber de no solo
cuidarlo, sino también de enseñarle cosas y, sobre todo, de tenerlo como
acompañante en ese descubrir la ciudad de El Alto.
Un día, después de haber acompañado a mi madre a visitar
a mi tía Gregoria, me di cuenta de que era muy fácil llegar al aeropuerto desde
nuestra casa, que era cuestión de caminar reeeecto por la avenida Bolivia, imposible
de perderse. Así que me propuse llevar a jaimito a ese lugar que me parecía
genial; quería dejarlo con la boca abierta, que se sorprendiera al ver los
aviones aterrizar y despegar, quería que los vea de cerca y que supiera que yo
era el hermano que le enseñaba las mejores cosas de esa pequeña vida.
Nos fuimos un viernes después de la escuela; no llegamos
a almorzar a la casa.
Caminábamos recordando escenas de nuestras series de televisión, mientras comíamos una especie de harina en unas bolsitas verdes que se vendían en la escuela y que llamábamos “pito”. Con cincuenta centavitos en el bolsillo, nos fuimos caminando a ver los aviones, entre el polvo de la avenida, los ladridos de los perros y los albañiles que, poco a poco, construían el lugar que hoy es nuestra ciudad.
Recuerdo la cara de jaimiño, sobre todo sus ojitos, esos
que más tarde le valdrían, entre tantos apodos de cariño, el de Wari. Recuerdo su
mirada al llegar a las afueras del aeropuerto, cerca del río, sorprendido ante
los aviones que despegaban. Era una tarde inolvidable, una tarde de dos
hermanos explorando su ciudad, dos hermanos creciendo junto a ella.
Hoy es el cumpleaños de mi hermano Jaime: jaimico, jaimito,
jaimiño… o mejor, Wari.
¡Gracias por tanto, hermano!
¡Todo lo mejor para vos en este nuevo tiempo!
Roger Adan Chambi Mayta, El Alto, 10 de marzo de 2026.
